Una semana a mesa, cuchillo y mantel con Kay Graham, editora del mejor Washington Post

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“The  Graham  Post”,  días  de  vino  y  rosas en  la  azarosa  vida  de  Katharine  Graham (1987)

Con este título publiqué en la revista Nuestro Tiempo una cover story sobre la propietaria del Washington Post a la que había conocido en Salzaburgo durante un inolvidable seminario para becarios de la Fundación Fulbright. Kay nos acompañó durante una semana y compartío mesa, cuchillo y mantel con todos nosotros, como uno más, divertida, pizpireta y curiosa porque sabía escuchar y preguntar: saberlo todo de todo.

Su presencia dentro y fuera del palacio donde convivimos dia y noche durante ese tiempo fue un soplo de frescura típicamente norteamericana. Allí era “Kay” y no dejaba que la tratásemos de otro modo. Le dije que me gustaría publicar su conferencia y me consiguió una copia escrita del original inglés. Sin andarse por las ramas me dijo con una enorme sonrisa: “No la he escrito yo, ya te puedes imaginar, pero si lleva mi firma”, y esa firma manuscrita fue la que luego publiqué como cierre de la traducción española.

De todo esto hace ya más de 36 años pero hoy he querido reproducir aquel texto escaneándolo, con mayor o menor fortuna, en este blog. Años más tarde lo incluí en mi libro más querido, “La Revolución Empieza en Harvard”, que era una recopilación de reportajes realizados durante mis primeros viajes y estancias en Estados Unidos, desde mi paso por la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia en Nueva York a los tiempos en Stanford y Harvard.

Para ilustrar la portada de la revista le pedí un original a Fernando Pagola, entonces un díscolo estudiante de Arquitectura pero en quién descubrí un enorme talento para la pintura. Hoy sus cuadros valen una fortuna y yo me arrepiento de no haber conservado los originales de decenas de covers que me hizo para Nuestro Tiempo.

Cuando este reportaje se publicó, le hice llegar por correo una copia de la revista y pronto recibí una nota personal suya. “No entiendo español pero da la impresión de que la de la portada so yo. Si viene a Washington DC pase a vernos”.

Así lo hice y sabiendo que su despacho en la séptima planta del Post tenía las paredes repletas de pequeños cuadros con fotas suyas (lo mismo que en su despacho en la masión de Georgetown) encargué un precioso marco de madera para la cover de Fernando. Cuando pude entregárselo en mano y agradecerle el permiso para publicar su conferencia, Kay quedó prendada del marco, se puso en pié, se dió la vuelta y empezó a recorrer con la vista las paredes del despacho como diciendo ¿y ahora dónde demonios coloco yo este nuevo cuadro? Pero lo encontró. Tomó el teléfono y llamó a su secretaria: “voy a pegar una nota amarilla en la pared frente a la ventana, diles a los mantenimiento que cuelguen ahí el cuadro que me acaban de regalar”.

Hoy conservo una copia de ese mismo marco en mi despacho junto a un escudo bordado que con la “G” de los Graham recuerdan aquellos dias con la editora del Post.

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Años más tarde, su hijo Don vendió Newsweek por un dólar y ahora acaba de vender The Washington Post por $250 millones.

Sea este mi cariñoso homenaje y recuerdo para la última gran editora de The Washington Post Company.

Espero haberle hecho justicia.

Que ustedes lo disfruten.

Yo no olvidaré esa semana como uno de los mejores momentos de mi vida, aunque hoy escriba esto con un pelín de tristeza, disgusto y hasta indignación.

Y ustedes ya me entienden qué quiero decir.

“The  Graham  Post”,  días  de  vino  y  rosas en  la  azarosa  vida  de  Katharine  Graham (1987)

Tiene  ojillos  de  perdiz,  cutis  sin  arrugas  y  boquita  de  piñón. Parece  feliz  y  segura  pero  en  su mirada  hay  un  punto  de  infinita  tristeza.  Luce un  contundente  collar  de  perlas  de  doble  vuelta y  viste  con  sencillez.  Parece  inofensiva  pero  ha demostrado  ser  una  mujer  de  hierro.  Afirman  que es  «la  mujer  más  poderosa  del  mundo»,  pero  lo niega  con  una  leve  sonrisa.  Tiene  69  años  y  llegó  a  la  cumbre  dejándose  la  vida  a  jirones.  Se  llama Katharine  Graham  y  es  la  dueña  absoluta  de  dos imperios  informativos:  el  diario  The  Washington Post  y  el  semanario  Newsweek.

Nieva  sobre  Salzburgo.  Temperaturas  bajo cero  y  un  viento  huracanado  reciben  a  medio centenar  de  periodistas  que,  de  22  países  y  cuatro  continentes,  llegamos  a  la  ciudad  de  Mozart. Katharine  Graham,  acompañada  de  los Knight,  un  joven  matrimonio  norteamericano que  viaja  con  ella  para  ayudarle  ante  cualquier contingencia,  arrastra  su  propia  maleta,  todavía con  la  etiqueta  distintiva  de  los  VIPs  que  vuelan  en  PanAm.

Calza  unas  botas  de  media  caña  de  piel  negra  sin  curtir. Se  cubre  con un  abrigo  de  lana natural  y  lleva  un  jersey  de  cuello  alto  que  le resguarda  de  la  ventisca.  La  senda  hacia  el  antiguo  palacio  del  Arzobispo  Leopold  Antón  Frei-herr  von  Firmian,  Príncipe  de  la  Iglesia  que  lo construyó  entre  1736  y  1744,  es  una  calzada  de gravilla.  El  hielo  la  ha  convertido  en  una  peligrosa  pista  de  patinaje  y  Katharine  (Kay)  Graham  es la         primera  en  comprobarlo  porque  da un  paso  y  ¡zas!  cae  redonda  y  está  a  punto  de romperse  la  crisma.  Los  Knight  saltan  como  un resorte  y  acuden  en  su  auxilio.  Ella  se  recompone  como  puede, maldice  la  borrasca  y  sacudiéndose  con   energía  enfila  erguida  y  majestuosa,  como  si  nada  hubiese  pasado,  la  puerta principal  de  esta  mansión  que,  desde  1947,  es la  sede  de  los  Salzburg  Seminar  in  American Studies.

La  propietaria  del  Washington  Post  y  Newsweek  va  a  participar  en  la  sesión  258  que  durante  dos        semanas  tratará  sobre  La  Responsabilidad  de  los  Medios  de  Comunicación.

Louis  Heren,  antiguo  subdirector  del  Times de  Londres  que  decidió  jubilarse  cuando  Murdoch  desembarcó  en  el  viejo  acorazado  del  periodismo  británico  («Mire  usted  yo  ya  no  estaba  para     esos  trotes»),  es  otro  de  los  invitados a  esta  encerrona  casi  siberiana.  Heren  está  eufórico  porque  en  este  primer  domingo  de  marzo ha  empezado  con  mejor  pie  que  la  Sra.  Graham  («Fui  a  una  Misa  Cantada  en  la  Catedral, asistí  a  un  concierto,  me  llevaron  a  beber  cerveza,  paseé  por  las  callejuelas  del  casco  viejo, almorzamos  en  un  restaurante  típico  y  aquí  me tiene:  hecho  una  rosa»).  Lo  dice  sentado  en  una de  las  grandes  mesas  circulares  que  como  nenúfares  gigantescos  pueblan  el  Marble  Hall  donde cenamos  todos  los  recién  llegados.

Nuestros  acompañantes  son  Nicholas  Katzenbach,  un  ministro  de  justicia  de  los  Estados Unidos  en  tiempos  de  Lyndon  Johnson,  y  que hace  un  año  se  jubiló  como  vicepresidente  de la  IBM;  Bonnie  Angelo,  directora  de  la  revistaTime  para  la  zona  Este  de  Norteamérica,  y  que de  1978  a  1985  estuvo  al  frente  de  su  oficina en  Londres,  primer  caso  de  una  mujer  gobernando  una  delegación  exterior  del  semanario fundado  por  Henry  Luce;  y  Pat  Murphy,  editor  de  The  Arizona  Republic  y  The  Phoenix  Gazette,  un  auténtico  cowboy  del  periodismo  sureño  que  es  un  manojo  de  nervios  pese  a tenerlos  de  acero  como  piloto  aficionado  que es,  pero  al  que  en  estos  días  el  nuevo  Gobernador  de  Arizona  le  trae  por  la  calle  de  la  amargura  («Fíjense  ustedes.  Me  invitó  a  comer  y apareció  flanqueado  por  dos  ayudantes.  Su  saludo  fue:  ¿Qué,  vamos  a  tener  guerra  durante cuatro  años?  Yo  le  dije:  No,  señor.  Así  que aquí  tiene  mis  cuatro  números  de  teléfono:  el de  mi  casa,  el  de  la  oficina,  el  del  coche  y  el de  mi  contestador  automático.  ¿Quieren  ustedes creer  que  anda  por  ahí  gritando  que  le  perseguimos  y  todavía  no  he  recibido  una  sola  llamada suya?»).  Kazch,  que  sufre  de  arteriesclerosis  pero  conserva  un  humor  estoico,  musita  con sorna:  «Tal  vez  los  haya  perdido».

Van  llegando  nuevos  viajeros  que  se  sientan a  la  mesa:  casi  a  los  postres  se  incorpora  el  Director  de  los  servicios  informativos  de  TV3,  la televisión  autonómica  de  Cataluña,  que  aterrizó en  Salzburgo  vía  Zürich.  Terminada  ya  la  cena todo  el  grupo  se  concentra  en  un  aula  para  el turno  de  autopresentaciones.

A  la  mañana  siguiente  inaugura  el  seminario  Thomas  Barr,  un  abogado  peleón  que  acaba de  batirse  en  los  tribunales  de  Nueva  York  defendiendo  a  la  Compañía  Time  Inc.  frente  al General  Sharon,  y  que  trabaja  en  un  despacho cuya  especialidad  son  los  casos  de  libelo:  el  último  terminó  en  tablas  cuando  la  CBS  pactó con  el  general  Westmoreland  una  solución  airosa  para  los  periodistas  de  su  programa  60  Minutes (una  especie  de  Informe  Semanal  que  desdesus  comienzos  ha  sido  llevado  al  juzgado  de guardia  en  más  de  150  ocasiones).

Sus  primeras  palabras  son  un  aviso  sobre  lo que  nos  espera:  «No  sé  si  saben,  dice  Barr,  que en  mi  país  las  dos  profesiones  con  mayor  número  de  sinvergüenzas  son  la  de  periodistas  y la  de  abogados.  Pues  bien;  en  este  seminario  la mayoría  pertenecemos  a  una  u  otra…  y  en  bastantes  casos  a  las  dos  al  mismo  tiempo».

El  Dr.  Claude-Jean  Bertrand,  Profesor  de  la Universidad  de  Nanterre  y  Visitante  de  la  Facultad  de  Ciencias  de  la  Información  de  la  de Navarra,  interrumpe  los  discursos  iniciales  para discrepar  sobre  el  programa  y  la  metodología del  seminario.  Kay  Graham  toma  asiento  al fondo  del  aula  y  desde  allí  sigue  con  atención las  primeras  escaramuzas.  Interviene  con  frecuencia  y  toma  notas  en  su  block.  Cuando  habla,  se  levanta  y  como  si  fuera  una  estudiante hace  preguntas,  puntualiza,  bromea  y  se  enfurece  cuando  díscolos  como  el  Prof.  Bertrand  hacen                proposiciones  cartesianas  para  que  los  debates  conduzcan  a  alguna  parte.

Hay  dos  polacos  que  justifican  la  censura de  prensa  y  acusan  a  los  norteamericanos  de violar  la  soberanía  informativa  de  su  país  con las  emisiones  de  Radio  Free  Europe.  Patricia Howard,  una  antigua  alumna  de  la  Universidad de  Harvard  que  ahora  trabaja  en  Munich  para esa  emisora,  pide  la  palabra  y  se  defiende («¿Por  qué  interfieren  ustedes  nuestras  emisiones?»).  Se  hace  un  silencio  y  la  pareja  polaca responde  («Nosotros  no  las  interferimos»).  Sorpresa  entre  el  respetable  hasta  que  un  subdirector  del     Servicio  Exterior  de  la  BBC  informa («En  realidad  es  verdad  que  los  polacos  no  interfieren  las  ondas  de  Radio  Free  Europe:  son los  soviéticos  desde  la  URSS  quienes  lo hacen»).

Una  asesora  del  Ministro  de  Justicia  de Israel,  Davida  Lachman Messer,  suscita  más  adelante  el  problema  de  que  lo  Bonnie  Angelo calificará  como  «Terrovision»  o  simbiosis  entre las  cámaras  y  los  terroristas.  Turcos,  palestinos,  holandeses,  indios,  españoles,  jordanos, griegos,  húngaros,  franceses…  se  lanzan  a  la  palestra  para  dirimir  la  cuestión.  Kay  Graham  no pierde  ocasión  para  intervenir.  Sigue  en  la  última  fila  con  su  block  de  notas  y  una  paciencia infinita  en  cada  una  de  las  alborotadas  sesiones.

Luego  las  discusiones  continúan  en  el  comedor, en  la  sala  de  estar  junto  a  la  chimenea,  durante los  entreactos  de  un  concierto  musical  en  honor  de  los  periodistas  o  tras  la  proyección  de los  videos  de  la  CBS  sobre  el  General  Westmoreland  o  de  Meera  Dewan  sobre  el  trabajo  de los  menores  de  edad  en  India.  Los  más  recalcitrantes  prolongan  las  discusiones  hasta  el  amanecer  en   la  bierstube  que  ocupa  los  sótanos  del palacio.

Una  mañana,  durante  el  desayuno,  Katharine  Graham  me  cuenta  un  reciente  episodio.

—«Subía  yo  a  mi  habitación  cuando  coincidí  en  el  ascensor  con  Marek,  este  chico  polaco.

Tan  pronto  como  me  vio  empezó  a  decirme  la gran  responsabilidad  que  yo  tenía.  Es  usted  la mujer  más  poderosa  del  mundo  y  la  paz  puede ser  posible  si  usted  se  empeña  y  convence  a Ronald  Reagan  para  que  abandone  el  proyecto de  guerra  de  las  galaxias».

Lo  recuerda  entre  asombrada  y  divertida.

—«Decirle  yo  a  Reagan…  Este  chico  no  sabe  lo  bien  que  nos  llevamos  con  la  Casa  Blanca,  sobre  todo  ahora  con  el  Irangate».

Para  explicar  la  historia  de  su  periódico  y exponer  sus  puntos  de  vista  sobre  cómo  su  empresa  cumple  sus  responsabilidades  ante  el  público, la   Sra.  Graham  sube  al  estrado  y  se atrinchera  detrás  del  ambón,  pertrechada  por unos  40  folios  mecanografiados  a  triple  espacio en  un  tipo  de  letras  mayúsculas  para  miopes.

Se  coloca  las  gafas,  toma  un  sorbo  de  agua,  garraspea  y  empieza  bromeando:  «Me  han  dicho que  tengo  una  hora.  ¡Dios  mío  yo  creo  que nunca  he  hablado  tanto  tiempo!».

Su  conferencia  apenas  revela  aspectos  esenciales  de  la  mujer  que  un  triste  día  de  1963  tuvo  que          enfrentarse  con  el  gran  dilema  de  su vida.

Katharine  Graham  había  nacido  en  Nueva York  en  1917,  hija  del  que  con  el  tiempo  sería primer  Director  del  Banco  Mundial,  Eugene Meyer,  el  mismo  que  en  1933  había  comprador por  825.000  dólares  un  diario  en  quiebra:  The Washington  Post.

El  4  de  julio  de  1940  se  casó  con  Phil  Graham,  el  mejor  partido  de  la  época  en  la  alta sociedad  de  Washington DC.  Un  brillante  abogado que  acababa  de  graduarse  en  Harvard,  donde había  sido  Director  de  The  Harvard  Law  Review.  «Phil,  dijo  uno  de  sus  profesores,  era  el más  inteligente  de  los  más  inteligentes,  tanto que  hubiera  sido  un  magnífico  Decano  siendo estudiante».  Protegido  de  Félix  Frankfurter,  uno de  los  jueces  más  famosos  del  Tribunal  Supremo,  era  tal  su  patronazgo  que  Phil  Graham  tuvo  que     pedirle  permiso  para  casarse  con  Katherine.

Le  acusaron  de  casarse  con  ella  para  heredar  la  fortuna  del  suegro  y  quedarse  con  elPost,  pero  Phil  ya  era  rico  y  por  entonces  el diario  era  una  ruina.  Además  sus  esperanzas iban  más  allá  del  periodismo  y  todo  el  mundo estaba  seguro  que  podía  llegar  a  Presidente  de los  Estados  Unidos  o  cuando  menos  a  Ministro de  Justicia.

Kay  fue  la  perfecta  madre  de  familia.  Tuvieron  cuatro  hijos  y  sus  salidas  del  hogar  siempre fueron  para  acompañar  a  su  marido.

En  1946,  Eugene  Meyer  decide  nombrar  a su  yerno  editor  del  Post  y,  dos  años  después, les  traspasó  a  él  y  a  su  hija  la  propiedad  del periódico.  Así  nació  The  Washington  Post  Company,  una  sociedad  familiar  con  un  consejo  formado por  cinco  personas,  presidido  honoríficamente  por  el  viejo  Meyer.

La  carrera  periodística  de  Phil  Graham  fue tan  vertiginosa  y  llena  de  éxitos  como  lo  había sido  la  de  abogado.  Amplió  los  negocios  informativos  de  la  empresa,  compró  en  1954  el  Washington  Times-Herald  y  en  1961  la  revista Newsweek.

A  partir  de  entonces  una  inesperada  y  gravísima  crisis  mental  le  convierten  en  un  personaje  atribulado  y  confuso.  Sus  colaboradores más  íntimos  se  dan  cuenta  que  está  loco  pero no  se  atreven  a  revelar  el  gran  secreto.  Su  mujer  asiste  impotente  al  deterioro  psíquico  de  un hombre  que  en  los  últimos  meses  de  su  vida aparece  frecuentemente  con  una  joven  periodista,  una  australiana  llamada  Robin  Weeb  que trabajaba  en  las  oficinas  de  Newsweek  en  París.

Su  inestabilidad  emocional  le  transforma  en un  ser  violento  que  amenaza  a  Kay  con  divorciarse  y  despojarle  de  su  participación  en  el Post.  En  1963,  durante  la  Asamblea  Anual  de la  Asociación  Norteamericana  de  Editores  de Diarios,  que  tiene  lugar  en  Phoenix,  Phil  sube al  estrado  y  empieza  a  recriminar  a  sus  colegas, les  llama  bastardos,  les  insulta,  les  acusa  de  ser unos  cobardes  y  les  increpa  diciendo  que  sus periódicos  son  una  porquería…  El  revuelo  es impresionante.  La  noticia  llega  inmediatamente a  la  Casa  Blanca  y  el  propio  Kennedy  ordena el  envío  del  avión  presidencial  para  recoger  al demente.  La  escena  del  regreso  fue  ocultada  a la  prensa.  En  un  hangar  del  aeropuerto  de Washington  le  esperaban  media  docena  de  altos cargos  del  diario.  Bajó  del  avión  acompañado por  dos  psiquiatras  y  fue  conducido  a  una  clínica  privada,  donde  estuvo  tres  veces  internado.

Su  mujer  no  faltó  ningún  día  a  la  cabecera del  enfermo,  pero  el  3  de  agosto  de  1963, mientras  Kay  estaba  en  otra  habitación  de  su casa  de  campo  en  Virginia,  un  disparo  acabó con  la  vida  de  su  marido.

El  suicidio  del  editor  del  Washington  Post ue  una  noticia  de  primera  página  en  todos  los periódicos. El  funeral  se  celebró  en  la  Catedral  de Washington  y  allí  estuvieron,  con  el  Presidente a  la  cabeza,  su  hermano  Robert  Kennedy,  Robert  MacNamara,  Theodore  Sorensen,  Pierre Salinger…  y  Félix  Frankfurter,  que  acudió  en una  silla  de  ruedas.

Sin  embargo,  el  momento  más  dramático  de aquellos  días  se  produjo  a  las  24  horas  del  suicidio  cuando  Katharine  Graham,  tras  abandoner su  mansión  de  la  calle  R  en  Georgetown,  el barrio  más  elegante  de  Washington DC,  llegó  en coche  al  edificio  del  Post  en  la  calle  L.  Allí,  en la  séptima  planta,  le  esperaban,  aturdidos,  los directivos  de  la  compañía.

Osborn  Elliot,  que  asistió  a  la  reunión  como  director  de  Newsweek,  la  recuerda  vestida de  negro,  inexpresiva  y  silenciosa  hasta  que  todos  estuvieron  sentados.  Luego,  levantando  la mirada,  leyó  una  breve  declaración  escrita.

Frente  a  todo  tipo  de  rumores,  dentro  y  fuera de  la  casa,  su  mensaje  era  rotundo:  «Señores, esta  es  una  empresa  familiar  y  lo  seguirá  siendo porque  para  eso  aquí  llega  una  nueva  generación».

Nadie  dijo  nada.  La  reunión  había  terminado.  Regresó  a  su  domicilio,  hizo  las  maletas  y con  su  hija  Lally  se  marcharon  a  realizar  un crucero  en  yate  por  las  aguas  del  Mar  Negro.

Mientras  tanto,  propios  y  extraños,  seguían  especulando  sobre  el  futuro  de  una  compañía próspera  e  influyente  ahora  en  manos  de  una viuda  inexperta  de  46  años  sin  ninguna  tradición  en  el  negocio.

Volvió  a  Washington DC  en  septiembre  y  lo primero  que  hizo  fue  ocupar  el  despacho  de  su marido.  Fue  entonces  cuando  alguien  de  la  familia  recordó  una  carta  suya  fechada  el  10  de diciembre  de  1937.  Katharine  estudiaba  el  último  año  de  su  carrera  en  la  Universidad  de Chicago  y  la  misiva  estaba  dirigida  a  su  hermana  mayor.  Eran  nueve  folios  escritos  a  máquina donde  le  contaba  sus  planes  para  el  futuro:  «Lo que  más  me  interesa,  le  decía,  es  el  periodismo laboral  para,  tal  vez  más  tarde,  pasar  al  periodismo  político.  Como  verás,  esto  no  supone ninguna  ayuda  a  papá.  El  quiere  y  necesita  alguien  que  se  haga  cargo  de  toda  la  empresa, desde  la  redacción,  distribución  y  ventas  hasta las  páginas  editoriales…  Y  yo  detesto  más  que ninguna  otra  cosa  en  el  mundo  los  asuntos  publicitarios  y  de  circulación  que  son,  precisamente, los  que  más  ocupan  y  preocupan  a  un  ejecutivo  de  prensa…  Además  sucede  que  tengo serias  dudas  sobre  mi  capacidad  para  cargar  con algo  tan  pesado  como  el  Washington  Post…»

Su  vida  empezó  a  cambiar.  Todo  era  nuevo para  ella,  incluso  las  críticas  sobre  el  periódico. Le  sorprendió  que  sus  amigos,  grandes  periodistas,  le  dijeran  que  The  Washington  Post  no  era un  buen diario,  cosa  que  ella  siempre  había creído.  Habló  con  James  Reston  y  con  Walter Lippmann  y  quedó  asombrada  por  sus  comentarios  negativos.

Estaba  desconcertada  por  lo  mucho  que  ignoraba.  Lippmann  le  aconsejó  que  cada  mañana leyera  el  Post  y  que,  a  continuación,  fuera  llamando  a  los  redactores  y  editores  encargados  de los  artículos  y  personajes  que  despertaran  su  interés.  Así  fue  conociendo  a  sus  empleados.  Les interrogaba  sobre  la  consistencia,  las  fuentes  y las  consecuencias  de  sus  informaciones.  Escuchaba  y  aprendía  sin  decirles  nada,  y  pronto  descubrió     que  las  críticas  eran  ciertas.  El  periódico tenía  notables  deficiencias,  arrastraba  inexplicables  rutinas  y  muchos  de  sus  directivos  eran  insensible  a  las  verdaderas  demandas  informativas de  una  ciudad  acostumbrada  a  tener  malos  periódicos.

En  1965  cambió  el  director  del  Post  y  apoyándose  en  la  energía  y  olfato  periodístico  de Benjamín  Bradlee  comenzó  una  revolución  inimaginable.  Ficharon  a  nuevos  columnistas,  las páginas  de  opinión  cobraron  mayor  dinamismo, la  información  internacional  aumentó  su  peso específico  mediante  el  nombramiento  de  docena y  media  de  corresponsales  en  el  extranjero  y, sobre  todo,  la  redacción  se  fue  llenando  de  jóvenes  valores,  algunos  de  los  cuales  crearon  graves         problemas.  Nicholas  von  Hoffman  sería uno  de  ellos:  «Si  tiene  un  buen  día,  Nick  puede  conseguir  de  200  a  300  bajas  de  suscriptores», diría  Bradlee.

David  Halberstan  ha  escrito  que  si  Kennedy hubiera  sido  periodista  habría  sido  como  Benjamín  Bradlee,  y  que  si  éste  hubiera  sido  politico habría  sido  Presidente.

Alto,  teatral  y  gesticulante,  el  Director  de The  Washington  Post  es  la  bestia  negra  de  todos los  inquilinos  de  la  Casa  Blanca.  Viste  camisas chillonas,  tiene  una  voz  cascajosa  y  trabaja  en un  despacho  cuyas  cristaleras  traslúcidas  dan  sobre  la  redacción. Dicen  que  no  soporta  a  los  tontos  y  que tiene  un  gran  ojo  clínico  para  fichar  periodistas,  pero  su  mayor  fracaso  fue  contratar  a  Janet Cooke,  una  redactora  que  se  inventó  un  reportaje  sobre  el  consumo  de  heroína  en  Washington  DC. Le dieron  el  Premio  Pulitzer,  se  descubrió  el  pastel  y  cuentan  que  Bradlee  echaba espuma  por  la  boca:  habló  con  ella,  la  puso  de patas  en  la  calle  y  ordenó  al  Ombudsman  del diario  que  publicara  «toda  la  verdad»  sobre  el caso.

Katharine  Graham  le  propuso  como  Director  en  1965  y  es  una  de  las  decisiones  de  las que  más  orgullosa  se  siente.  Bradlee  era  entonces  el  director  de  la  oficina  en  Washington DC  de la  revista  Newsweek  y  antes  había  sido  corresponsal  en  el  extranjero  y  agregado  de  prensa  en la  embajada  norteamericana  en  París.

Walter  Lippmann  le  aconsejó  un  día  que no  firmara  como  Ben  Bradlee  sino  como  Benjamín  Bradlee:  «Suena  a  cronista  deportivo».

Graduado  por  la  Universidad  de  Harvard, está  casado  con  Sally  Quinn,  directora  de  Style,una  de  las  secciones  más  famosas  del  Washington  Post.

Suele  recordar  el  lema  de  su  colegio  en  las afueras  de  Boston  («Best  Today,  Better  Tomorrow»)  y  dice  que  esa  es  la  mejor  divisa  para cualquier  profesional.

Este  Humprhey  Bogart  del  periodismo  es un  tipo  de  armas  tomar  y  Eugene  Paterson, ahora  Director  del  St.  Petersburg  Times,  contó hace  años  una  reacción  muy  típica  de  Bradlee. «Yo  era  Subdirector  del  Post  y  le  acompañé  a una  de  esas  tediosas  reuniones  de  la  Asociación Norteamericana  de  Directores  de  Diarios.  Ben empezó  a  calentarse  y  cuando  ya  no  pudo  más me  dijo:  En  este  maldito  lugar  no  hay  más  de 2  ó  3  personas  a  las  que  yo  contrataría  como redactores.  —Tranquilo,  tranquilo,  le  contesté. Porque  tampoco  más  de  2  ó  3  te  contratarían a  ti  como  Director».

Su  prueba  de  fuego  llegó  en  1971  con  los Papeles  del  Pentágono.  Dos  días  antes  de  publicar  esos  documentos  secretos,  el  Post  había empezado  a  cotizar  en  bolsa  1.350.000  acciones.  El gobierno  les  advirtió  del  riesgo  que  corrían.

Los  inversores  acusarían  el  golpe  y  las  cotizaciones  podrían  bajar  en  picado.  La  redacción quería  publicar  los  documentos,  sus  abogados  y gerentes  opinaban  lo  contrario  y  ella  tenía  que decidir  en  solitario.

«Si  no  los  publicamos,  le  dijo  Eugene  Paterson  que  entonces  era  subdirector  del  Post,  sera terrible,  porque  el  gobierno  sabe  que  los  tenemos  y  lo  utilizará  como  evidencia  frente  al New  York  Times  (que  los  estaba  ya  publicando).

Ellos  serán  el  periódico  malo  que  desafía  al  gobierno  y  nosotros  seremos  el  bueno  que  obedece  al  gobierno».

Ben  Bagdikian,  que  luego  sería  polemico Ombudsman  del  diario,  le  advirtió:  «La  redacción  se  revolverá  contra  usted  si  no  los  publicamos».

Eran  las  7  de  la  tarde  y  las  rotativas  no  podían  esperar.  Katharine  Graham  estaba  en  su casa  brindando  con  uno  de  sus  gerentes  que  se jubilaba,  cuando  la  reclamaron  por  teléfono. Era  su  abogado,  Friz  Beebe.  «Déjame  que  termine  de  brindar  y  vuelvo  ahora  mismo».  No; no  hay  tiempo,  le  contestó.  «Me  estás  obligando  a  decidir  por  teléfono  algo  que  al  New  York Times  le  llevó  tres  meses».  Se  pusieron  al  aparato  Bradlee  y  el  director  de  las  páginas  editoriales:    «Tenemos  que  publicarlos,  tenemos  que  publicarlos».  Junto  a  Kay  estaba  Paul  Ignatius, Presidente  del  Post,  que  trataba  de  escuchar  la conversación  telefónica  y  que  había  sido  hasta hacía  poco  Ministro  de  Marina  y  era  un  protegido  de  MacNamara.  Ignatius  le  susurró  al oído:  tómate  un  día  para  pensarlo.  Por  el  otro oído  le  llegaba  el  mensaje  opuesto:  hay  que  publicarlos.

De  repente,  cuenta  David  Halberstam  en The  Powers  That  Be,  el  semblante  de  Katharin Graham  se  transformó  y  como  salida  de  una ópera  wagneriana,  enérgica,  audaz  e  independiente,  dijo:  «All  right.  Let’s  go.  Let’s  publish».

Aquella  noche  y  los  días  siguientes,  la  editora  del  Post  fue  reconocida  como  la  mujer  que había  sido  capaz  de  desafiar  al  gobierno  arriesgando  la  fortuna  de  su  empresa  y  la  credibilidad  de  sus lectores.  La  opinión  pública  la  admiraba,  los  tribunales  le  dieron  la  razón,  sus redactores  confiaron  definitivamente  en  ella  y sus  abogados  y  gerentes  se  dieron  cuenta  de que  ella,  y  sólo  ella,  era  la  que  mandaba  en aquel  negocio.

(Y gracias a Marta, Javier, Chiqui y Christian por lo que ellos ya saben)

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  1. Gracias, GINER

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